¿Casarse por amor? Las estrategias de supervivencia en un pueblo van mucho más alla de eso, son pragmatismo puro y duro. Acostumbrado a la vida de la urbe se nos olvida que en los pueblos sigue funcionando un sistema en el que las posibilidades de escoger son limitadas y pobre del que no esté atento.

En mis diez años de ausencia se ha librado en el pueblo una cruenta batalla por los herederos de los pequeños imperios familiares surgidos a la sombra del beneficio que ofrecen el pescaito frito, apartamentos, hoteles y una especulación urbanística que vuelve dorado el más mísero metro cuadrado.

Y no lo digo yo, recién llegado, lo dicen ellos, los que han estado aquí siempre, los que han crecido juntos, se han ido emparejando y han visto como las chicas más guapas del pueblo han ido uniendose a las familias más prosperas. Los coches de lujo seleccionan los genes del futuro.

Y claro, en un pueblo de mil habitantes, con veinte alumnos por clase, las posibilidades de elección son limitadas. Es cierto que viene turismo, que muchas personas vienen y se van pero ahora, en el frio de enero, sin turistas ni viajeros, el verdadero pueblo que permanece oculto en el verano resurge entre el viento de Levante. Y son, los que son, no hay más.

Antiguos compañeros mios ven que no han hecho los deberes, no tienen pareja y la rifa ya se celebró hace un par de años. No quedan mujeres, o por lo menos no las que ellos quisieran y ahora ¿qué?. En verano, cuando hay de todo, están todos trabajando y en invierno, pues eso, en invierno están los que están.

Asi todo el mundo asiste a uniones de última hora, que nadie se las explica, en las que nunca hubo el más mínimo conato pasional y que más bien recuerdan a elecciones por eliminación, porque todos los demás ya estaban eliminados.

La lista se acorta, las nuevas generaciones son delito y la sombra del eterno soltero empieza a planear sobre la barra del bar. Menos mal que soy de los que vienen y se van.