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La Coctelera

Crónicas desde la Zarzuela

21 Enero 2006

Bob, condenado a navegar eternamente

Hace 7 años embarrancó el velero de la foto en esta playa mia de todos los días. Bob su único tripulante se había quedado por la noche en ese estado intermedio entre la borrachera y el sueño y cuando quiso darse cuenta se le echo la costa encima.

Durante la noche fue incapaz de volver al mar y a la mañana siguiente la marea baja lo dejó tal como estais viendo. Bob era checo y como yo en aquel tiempo pasaba largas temporadas trabajando en la República Checa pronto acabamos hablando una mezcla de español, checo, alemán e inglés. Cercano a los 60 y con dos dientes de menos, con la piel morena y totalmente curtida por la sal de los oceanos, Bob se descubrió como un navegante a la deriva que tras la muerte de su mujer en Brno cuatro años antes vendió sus posesiones y había convertido ese velero varado en su hogar.

Seguimos charlando sobre lo divino y lo humano hasta que la subida de la marea y el equipo de rescate fueron capaces de sacar a flote su hogar. Tarea dificultosa y complicada. En el último momento nos emplazamos en el puerto de la localidad cercana.

Dos días más tarde me acerqué al puerto, seguimos hablando, tomamos vino, le regale unas fotos del rescate y vivimos un momento de conexión. Del de dos personas que se entienden sin apenas conocerse, con más de treinta años de diferencia pero que hablan como viejos amigos.

La existencia de Bob era la de un auténtico lobo marino, vivía de lo que pescaba, hacía chapuzas y reparaciones durante un par de meses y después volvía al oceano. No he vuelto a ver figura más romántica que la de esta alma perdida por los mares del mundo tras haber naufragado en tierra.

Finalmente le pregunté cuál era el sitio más bonito que había conocido, me contestó que un pequeño pueblo en la Patagonia. Un pueblo precioso, ideal, con unas personas maravillosas. El mejor sitio del planeta. Seguí preguntando:

-Y ¿te quedarías ahi a vivir?

Bob se sonrió me miró con sus ojos azules rodeados de arrugas.

- No, yo ya no puedo quedarme en ninguna parte, he visto demasiado.

Le devolví la sonrisa y continuamos hablando. A los pocos días Bob zarpó hacia nuevos puertos. Volvió a llamarme, me dio su número pero nunca más volvi a saber de él. Sin embargo no me cabe la menor duda de que álgún día nuestros caminos volverán a cruzarse.

Siete años más tarde sé que no hay lugares, solo personas y cuando estas desaparecen no queda más que el oceano. Volveré a verle algún día, en alguna parte.

servido por cronicaszarzuela 1 comentario compártelo

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Rosario

Rosario dijo

Salud por Bob!

22 Enero 2006 | 12:09 AM

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Mi palacio está rodeado por pollos a pocos kilómetros de un pueblecito muy conocido de la costa de Cádiz. Estoy en la edad de hipotecarme y hacer algo en esta vida. Mi princesa se marchó o la eche , a día de hoy todavía no lo sé. Pero eso sí, tengo perro que me ladre.
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