La verdad es que no me acuerdo cuando fue la primera vez que lo vi, solo sé que fue a mitad de verano. Apareció como casi todo, inesperadamente, salido de la nada.

Llegó a la terraza esqualido,olisqueándolo todo y en cuanto le comentabas algo se tumbaba sumiso con las patas hacia arriba y con ojos miedosos. Cuando quise darme cuenta formaba parte del paisaje. Mis camareras empezaron con un recipiente con agua, después desde cocina le sacaban los restos y los clientes empezaron a jugar con él.

A los pocos días las camareras lo adoptaron y acabaron por llamarle "El notas de la Croqueta", como obviamente resultaba muy largo unos empezaron a llamarlo Notas y otros Croque. A él esa dualidad no pareció molestarle en absoluto.

Yo, como responsable del local, enfrascado en mis multiples batallas de un verano infernal opté por hacerme el tonto ante un perro que deambulaba por la terraza buscando en cada momento el sitio más fresco. Me limitaba a pedirle a sus nuevas dueñas que no abandonasen la bandeja en una mesa para ir a defender a su protegido de otros perros con la terraza a reventar. Una cosa es hacerse el tonto y otra tener que parecer a su vez ciego.

Al final de la temporada el Notas era uno más. Auténtico relaciones públicas había conseguido ganarse el cariño de todos, los clientes lo buscaban, cuando apareció herido todos lo curaban y aunque se intentó en multiples ocasiones no hubo forma de encontrarle un nuevo dueño.

Todos se marcharon a buscar su camino, su suerte, su destino incierto. Al cerrar la verja por última vez me lo encontré en la puerta mirándome fijamente. Decidimos que hasta que se aclarase la situación me lo quedaría temporalmente. Fueron en esos últimos días cuando lo acaricie y dejé que me lamiera la mano.

De la solución temporal derivó esta situación permanente. Me lo traje a palacio, conoció a Tonelito (su amigo y vecino) y nos vimos obligados a entendernos. Lo más dificíl fue explicarle que los pollos que asedian mi palacio no se pueden matar ni perseguir ( y explicarle a mis vecinos que esas gallinas muertas eran algo circunstancial que iba a cambiar en breve).

Por lo demás estaba acostumbrado a ir en coche, era obediente, nada ruidoso y muy cariñoso. Pronto nos entendimos, ahora lo llevo de copiloto en el coche, vamos todas las tardes a pasear para la puesta de sol (lo exige, se pone pesadisimo llegando la hora), se tumba en su sillón mientras leo en el sofa y va todas las mañanas a la cama a despertarme.

Se ha vuelto fuerte, corre como un demonio incansablemente, le hace frente a otros perros pero solo para defenderse, trota orgulloso por la orilla y no se pliega ante nadie, salta cualquier roca y cuando pide mimos levanta la patita.

Si ha habido alguien que me haya acompañado en este invierno de reflexión y soledad ha sido él. El Notas.