Lo veia venir, demasiada calma, autocomplacencia y falsa seguridad. Llevaba un par de días oyendolos rondar, escuchándolos aullar por las madrugadas, oliéndolos por las mañanas. El Notas no me pudo avisar, contra ellos él no puede hacer nada.

El frío de las mañanas me iba delatando su presencia aunque a la luz del día se esfumaban y prefería ignorarlos mientras por las noches no me movía bajo la manta esperando que pasaran de largo. Pero no, se dedicaban a rondar esperando el momento adecuado.

Ayer bajaron del pasado en tropel, una auténtica jauría dispuesta a arrasar todo lo que encontraban en su camino, a devorar todo lo construido. Busque la puerta de atrás del palacio pero esta vez me tenían rodeado. Cerré la puerta, confié en que la luz de la mañana los haría desaparecer aunque los conozco, son tenaces y conscientes de su mayoría númerica. Esta mañana me he asomado con los pies helados, he abierto la puerta y me los he encontrado tumbados al sol esperándome. Me ven débil y son conscientes de su fortaleza.

Los he observado, son los mismos de siempre, viejos conocidos. Creia haber acabado con gran parte de la manada en batallas anteriores, iluso de mí. Este palacio no es seguro, más que una residencia ha sido un campamento protegido por una frágil empalizada.

Ha vuelto a caer la oscuridad. He encendido un fuego grande en la chimenea para intentar alejarlos y en silencio voy recogiendo mis cosas. No me veo con fuerzas para enfrentarme a ellos, no tengo suficientes armas, la polvora que me quedaba la he quemado este mes de enero, se ha ido consumiendo alimentando este blog para no enloquecer.

Resistiré estos días mientras preparo mi mochila para en un momento de descuido escabullirme al alba. Me hubiese gustado marcharme tal y como lo tenía previsto, por la puerta principal, pero me temo que acabaré saltando por una pequeña ventana. Dentro de un mes estaré de vuelta, espero volver con la suficiente polvora para hacerlos retroceder a sus montañas. Lo único que espero es que no me sigan el rastro.