Las ciudades son lo que sus habitantes hacen de ellas y aqui en un buen momento parece que decidieron que tal como estaban las cosas había que ir tomándose las cosas con buen humor, tirar pa lante y sonreir. No me extraña que a lo largo de este siglo personas de todos los lugares del mundo desembarcasen en Venezuela y fueron literalmente absorbidos y digeridos por esta polifacética sociedad.
Desde que amanece la ciudad es un ir y venir de vehículos que deciden taponar las arterias de la ciudad en un ejemplo de uniformidad. Desde el helicoptero intentan ayudar mediante la radio a evitar ratoneras que se me antojan inevitables.
Pero este bullicio motorizado, anárquico, amenizado con bocinazos, reaggeton, ambulancias, ruidosos autobuses, vendedores ambulantes se expande a todas las calles, contagia las aceras y va a unificarse con los puestos callejeros, los bancos, marchas y manifestaciones con tambores y música, con la protesta festiva, un mando del ejercito imitando el sonido de una corneta mientras unas cincuenta personas corren alrededor de la Plaza Bolivar, sonidos de locales y tiendas de música, personas que venden copias del texto de la nueva ley de trabajo... y cualquier cosa imaginable.
Al caer la noche, la ciudad no para, se puede comer y tomar durante las 24 horas, sigue habiendo tráfico y los locales de moda se llenan de personas con ganas de reir, disfrutar, conversar, tomar y hablar, continuando el ajetreo del día.
Esta misma energía vital que hace vibrar la ciudad de otra forma también aparece en las partes más elevadas y desfavorecidas de esta ciudad. Con vistas panorámicas al valle, ante una vida llena de complejidades la energía y el buen humor brotan del fondo y levantan escuelas de la nada, proyectos y redes sociales que les llenan de orgullo. En los que comentan que "vamos al socialismo... en burra". Pero los proyectos se llevan a cabo con laboriosidad, salidos de la misma comunidad con ojos llenos de brillo, orgullo y vida, muchisima vida y risas.
Por la noche, con los ojos clavados en el techo de la habitación del hotel siguen llegando los murmullos y ruidos de la calle amortiguados por las paredes.... es en ese momento cuando desde el interior oigo el martilleo, los latidos provenientes desde el fondo, de una maquinaria demasiado tiempo apagada y que parece haber despertado de pronto. Caracas me contagió.

Estas aqui y sin embargo seguimos encontrandonos en el mundo virtual, en el mundo donde suenan las teclas y no las cornetas, donde vemos palabras y no caras, en un ambiente más bien asceptico, aun así me alegra que te hayas contagiado del virus que tiene Caracas, que se inocula solo y no te va dejar morir, quizas...jamás, espero verte en persona a ver como te sienta.
Hasta dentro de tres horas. Nos vemos.