(Este post contiene imágenes que pueden herir la sensibilidad del lector, prefiero advertirlo.) Encontrarse a un cadáver en la playa no es plato de buen gusto para nadie. Según el tiempo que lleve en el océano, lo ves todavía con sus ropas, color, pelo y manos agarrotadas si se ahogo esa noche o hace un par de días. Cuando te encuentras con una masa blanquecina, amorfa, de sexo indefinido y olor pestilente entonces es que el mar ha decidido tomarse su tiempo antes de devolver su víctima a tierra.

Hace unos seis o siete años llegamos a acostumbrarnos a ver las pateras abandonadas en nuestras playas, los pescadores desmontaban los motores fueraborda, la Guardia Civil tenía mañanas en las que no sabía dónde meter a todos los indocumentados que llegaban a nuestras costas y ver un desembarco con treinta personas saltando a tierra y huyendo hacia el monte a media mañana era posible.

Cuando el mal tiempo y o alguna imprudencia producían el vuelco de la embarcación la catástrofe estaba asegurada y durante los días siguientes un reguero de cadáveres y derrumbadas esperanzas sembraba nuestras costas. Sobrecogedor. Levantabas la vista y ahí estaba la silueta de Tánger, no más de 20 kilómetros.

Obviamente eran demasiados pocos. Nuestras autoridades instalaron el SIVE (Servicio Integrado de Vigilancia Exterior), que es un tinglado muy grande lleno de radares que permiten ver absolutamente todo lo que se mueve en el agua. El número de pateras y naufragios descendió y a día de hoy las únicas embarcaciones clandestinas que llegan son potentes zodiacs cargadas de hachís. Mercancía más rentable que los ilegales.

Ya no tenemos muertos en nuestras playas. Ya solo los veo donde los he visto siempre, en el telediario. Primero en las playas de Almería y Granada, después en las vallas de Ceuta y Melilla apaleados por nuestros soldados, a su vez en las playas de Lanzarote y Fuerteventura. Se habla de extender el SIVE al resto de la costa andaluza, de poner un sistema semejante para las islas Canarias, se han ampliado y aumentado las vallas de Ceuta y Melilla.

Ahora hemos comprado el apoyo de Marruecos. Pero siguen viniendo en frágiles embarcaciones, ya no se llaman pateras ahora son cayucos. Ya no salen de Marruecos, salen de Mauritania. Ya no tienen que recorrer 20 kilómetros, ahora más de mil. Ya no son 8 horas de travesía, ya son más de 8 días. Ya no mueren un par de decenas, sino que en tres meses han muerto más de mil. Hemos hecho un gran trabajo. Ahora vamos a dar patrulleras a Mauritania, para que vigile su costa.

Eso sí cuando una plaga de langostas hace dos años asoló todo el África subsahariana y devoró todas las cosechas nadie se preocupó, ahora seguimos subiendo nuestras vallas.