Un grupo de flamencos ha sobrevolado el Estrecho esta mañana. Los he visto volando a gran altura, en formación, desde su movil atalaya han podido ver nuestros verdes campos repletos de flores, nuestras playas nuevamente vacias, nuestros molinos en construcción y un pueblo intentando recuperar la cordura tras la tremenda sacudida de la Semana Santa.

Hemos sobrevivido a la semana más dura del año. Un periodo en el que con un equipo recién formado tenemos que hacer frente a una avalancha tras otra sin que nos haya dado tiempo a quitarnos las legañas del invierno. En el que hemos visto que no se nos daba tregua como si no hubiesen comido y bebido en todo el invierno.

Los días han sido largos y las noches muy cortas pero el tiempo siempre escaso. Una borrachera de visitas, sorpresas inesperadas, viejos y nuevos amigos, preocupaciones, problemas por solucionar y la sensación de locura que transmite el ver como se te escapa el tiempo en un momento en el que tienes mucho que decir, compartir y sentir.

Al regresar hoy a casa solo me esperaba el silencio tras las paredes. Al igual que los flamencos todos han volado, esfumado, desaparecido.... vuelvo a estar solo en Palacio. Un gin tonic, un cigarillo humeante y esta ventana al mundo que lo ha convertido en un sitio tremendamente pequeño.

Mis pensamientos solo están en un flamenco que despega mañana rumbo a Caracas, la ciudad en la que todo es posible. Espero que esta ave migratoria esté de vuelta en tres meses. Hasta entonces he iniciado esta gran cuenta atras en la que cada minuto que pasa es uno menos hasta su vuelta.

Mientras me dedicaré a trabajar todo lo posible, a mejorar mi fabuloso equipo, a invertir en publicidad y medios, en llevar este humilde lugar a donde debe estar. Durante los próximos meses seré un burro con orejeras, centrado, divertido, dispuesto a montarla y que haga que la vuelta de tan bello pájaro sea una gran fiesta en medio de esa histeria colectiva llamada agosto.